¿Por qué cuesta tanto aceptar un diagnóstico?

Desde que trabajo como psicóloga, hay algo que se repite con mucha frecuencia en consulta: el momento en el que una persona recibe un diagnóstico. Aunque cada historia es diferente, las reacciones suelen moverse entre dos extremos muy marcados.
Por un lado, aparece el alivio.
Ese instante en el que alguien siente que, por fin, muchas piezas empiezan a encajar.
«Ahora entiendo por qué me pasaba esto», «No era falta de esfuerzo» o «Por fin tiene un nombre».
El diagnóstico deja de ser una etiqueta para convertirse en una explicación. No cambia quién eres, pero sí puede cambiar la forma en la que interpretas tu historia. Muchas personas sienten que, por primera vez, dejan de culparse y empiezan a mirarse con más comprensión.
Sin embargo, existe otra reacción igual de frecuente y de la que se habla mucho menos: la duda. Personas que, incluso después de una evaluación rigurosa, piensan que han exagerado los síntomas, que han respondido «lo que tocaba» o que, de alguna manera, han engañado al profesional.
Es una sensación muy parecida al conocido síndrome del impostor: «¿Y si realmente no me pasa nada?», «¿Y si simplemente soy así?», «¿Y si me he convencido de que tengo este diagnóstico?». En ocasiones, esa dificultad para aceptar el diagnóstico genera más malestar que el propio proceso de evaluación.
Entre ambos extremos también aparecen otras emociones completamente normales.
Hay quien siente tristeza por el tiempo que ha pasado sin entenderse; enfado por no haber recibido ayuda antes; o miedo al pensar en lo que ese diagnóstico pueda significar para su futuro.
Otras personas necesitan un tiempo para integrar la información y prefieren no hablar de ello durante un tiempo. Todas estas reacciones forman parte de un proceso de adaptación y no indican que el diagnóstico sea erróneo.
Es importante recordar que un diagnóstico no crea un problema que antes no existía. Lo que hace es poner nombre a un conjunto de características, dificultades o síntomas que ya estaban presentes. La diferencia es que, a partir de ese momento, existe la posibilidad de comprenderlos mejor y de buscar estrategias adaptadas a esa realidad.
Quizá por eso, una de las ideas que más trabajo en consulta es que el diagnóstico no define la identidad de una persona. Describe una parte de su funcionamiento, pero nunca resume quién es. Seguimos siendo mucho más que cualquier informe clínico. Nuestros valores, nuestras relaciones, nuestras fortalezas y nuestras experiencias continúan estando ahí.
Aceptar un diagnóstico tampoco significa sentirse bien con él desde el primer día. La aceptación suele parecerse más a un proceso que a un momento concreto. Algunas personas necesitan semanas; otras, meses. Lo importante no es obligarse a aceptar rápidamente lo que ocurre, sino permitirse atravesar las emociones que aparecen sin juzgarlas.
Un buen diagnóstico no debería cerrar una historia, sino abrir una nueva etapa.
Una etapa en la que dejamos de preguntarnos constantemente qué nos pasa para empezar a preguntarnos qué necesitamos. Y ese cambio de perspectiva, en muchas ocasiones, es el verdadero comienzo del bienestar.
Elena Beato Murcia, es psicóloga clínica en Red Cenit